31/10/2011

Behind The Mask: «I hope My Mistress says me “Slave, lick My boots”» S. por Shura



“Señora, hace cosa de un mes que tengo una inquietud.
¿Qué inquietud?
Lamer botas.
¿Lamer botas? Pero a ver, ¿qué botas: botas de tacón, mis botas, tus botas?
Sus botas.
Entonces, ¿a qué esperas?”
Y me ofreció sus botas. La miré, como para asegurarme de que la orden, además de inmediata, era certera. Señaló sus botas con la cabeza. Normalmente las propuestas suelen meditarse -para ver como deberían orientarse-, pero se mostró tan dispuesta ¡tan dispuesta...! Me arrodillé al momento y mi lengua comenzó a pasearse por el cuero de aquellas espléndidas botas de montar que ya había tenido ocasión de limpiar con mis manos. Recuerdo el tacto suave, el olor... No sabría describir el sabor -sé que era agradable y el paladar se me acostumbró a él en poco tiempo. “No tengas miedo de la lengua”, me dijo. Supongo que notó que el primer acercamiento fue algo tímido. 

“Ven conmigo.” Se levantó y me condujo a la zona de trampling. Iba con la cabeza gacha, sintiéndome como cuando la chica a la que acabas de conocer en la discoteca te dice que la acompañes al baño. Los que hayan tenido la ocasión de visitar el Fetish Café sabrán que al fondo, en la llamada “zona de juego”, hay una plataforma elevada a cuyos extremos se encuentran, en uno, una camilla y, en otro, un asiento negro -ignoro de qué material está hecho, pero parece sintético. Mi Señora subió a la plataforma y se sentó, con precaución, en el asiento suspendido. “Ponte ahí.” Subí a la plataforma. A cuatro patas me dispuse a seguir con aquello que me había llevado hasta allí. No hizo falta que me lo ordenase. Posé mi lengua sobre la punta de la bota y la deslicé hacia el lateral, resiguiendo la forma del pie. Cerré los ojos -de hecho siempre tuve los ojos cerrados. Incluso cuando Mi Señora me preguntaba u ordenaba que cambiase de posición, los mantenía ocluidos para abstraerme y concentrarme. Luego subía por el gemelo o volvía a la punta o, cuando no me separaba de ella -tenía por costumbre acercarme-, me entretenía en algún punto en concreto. “Pon tu sexo en mi bota.” Así lo hice. Debo decir, no obstante, que tuve alguna dificultad, puesto que mis pantalones eran gruesos y anchos. “Ahora sigue lamiendo.” La posición no era incómoda, pero sí exigente. Tan absorta estaba yo que no apreciaba la fatiga sino como un chute de endorfinas o epinefrina -¡qué se yo!- que acentuaba mi excitación. Me quité la boina de mi padre -por cuestiones prácticas, como pueden imaginarse. 

Cuando presionaba mi espalda, me echaba al suelo estirada completamente; cuando me empujaba contra sus botas, le facilitaba la tarea; cuando pisaba mis manos, mis hombros o mis brazos, permanecía quieta aceptando la limitación de movimientos que suponía. “Ponte boca arriba.” Y me ofreció los talones de sus botas. Aprecié que no lamía sólo con la lengua, sino con todo el cuerpo, pues a pesar de ofrecerme únicamente los talones yo buscaba el resto de la bota elevando el tronco. Unas veces Mi Señora lo permitía -ignoro los motivos-, y otras pisaba mi pecho, mis brazos o mi rostro forzando mi resignación a no satisfacerme en eso. “Acarícialas. Piensa que es como si me acariciaras a mí.” Trémulas, mis manos hallaron el cuero y, sin impedirnos la una a la otra -más que en los casos señalados arriba- nuestras respectivas acciones, jugaba ella, favoreciéndome o dificultándome, y yo lamía y acariciaba sus botas.

“Ésto no tiene fin.” Y era verdad, pero como debíamos atender otras obligaciones dio Mi Señora por concluida la práctica. Me puse en pie y la ayudé a levantarse y a bajar de la plataforma.

He dejado a parte algunas cuestiones que surgieron durante ese tiempo. Creyendo oportuno no tratarlas en el relato, más que nada porque le restaría fluidez y desconcentraría al lector -no me digáis que no, que os conozco y me conozco, y vale que Sade sí lo hacía, pero él armaba un cuadro y, cuando el cuadro terminaba, entonces los ponía a filosofar, nunca durante la escena-, las trataré a continuación. ¿El orden? Intentaré que sea el mismo en el que salieron a la palestra.

“Es una humillación, porque estás a mis pies.” No, Mi Señora, no lo sentí como una humillación y le explicaré por qué. Humillante hubiera sido que usted me ordenase “Esclavo, lámeme las botas” o “Puta, lame mis botas”, pero no lo hizo. Simplemente me mostró sus botas y me señaló que ese era el momento oportuno. No existió ningún elemento de carácter peyorativo o vejatorio que me indujese a creer que aquello debía ser para mí humillante. Es más, le diré que lo consideré una adoración, adoración hacia Su persona.

“¿Te gusta como te voy reconduciendo? ¿Verdad que ya no tienes tanta prisa?” Le respondí antes y le respondo ahora en este escrito: sí, Mi Señora, me gusta como me va reconduciendo y como va apaciguando ese ímpetu que, por naturaleza, nos caracteriza a los jóvenes. Y me gusta que vaya usted induciéndome -presumo que determinadas acciones despertaron en mí esa tendencia- a descubrirme a usted y a mí misma.

Hoy me duele la lengua. No me importa demasiado, la verdad. Le estoy tremendamente agradecida a Mi Señora.